Por Agustina Sosa

La noche del jueves 28 de noviembre me rodeaban pocas cosas, entre ellas, una habitación desacomodada, una angustia que crecía como una laguna gris en el pecho, y un temido 2 de diciembre que se aproximaba a pasos agigantados. El 2 de diciembre -lo sabía hace tiempo- era la fecha en la que tenía que rendir Producción Gráfica, una extensa y anual materia que se cursa en la Licenciatura de Comunicación Social, de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Córdoba. Y yo, como soy hija del rigor y me distraigo fácilmente, había decidido rendirla en la condición de libre, que no significa precisamente rendir libremente de preocupaciones, muy por el contrario.

Por alguna razón inexplicable, recuerdo haber estado de camisón a las 11 de la noche, haberme sentado en la esquina de mi cama, haber dado uno de esos suspiros que dibujan en el aire un hilo pesado, denso, sin ningún sentido, y haber abierto la red social Twitter. Lo que en ese momento no imaginé fueron dos cosas: que me iba a encontrar con Alberto Fernández respondiendo tweets y que me iba a responder un tweet a mí.

Si hay una pregunta que se ha repetido en la decena de entrevistas que me hicieron, sin duda alguna esa pregunta es: “¿y por qué le escribiste a Alberto?”. La verdad, todavía no lo sé. Creo que en parte, para hacer reír a mis seguidores a quienes considero mis amigos. También, creo que algo en mí buscaba una respuesta que me sentara obligadamente a finalizar una carrera que debería haber terminado hace tiempo. Como sea, lo que pasó a continuación de ese tweet, fueron cinco segundos de fama que no olvidaré jamás. Para bien, y para mal.

El antimufa

Cuenta la leyenda que durante un recital de Charly (García) se desató un bardo de problemas técnicos que demoraron el comienzo del show. El sonido funcionaba mal, hasta que alguien del staff hizo una prueba con un disco de Osvaldo Pugliese, más conocido como “el Maestro”. A partir de allí, todo empezó a mejorar y el astro del rock pudo dar su espectáculo sin problemas. Por esa razón, para muchos músicos y ciudadanos, es común mencionar: “Pugliese, Pugliese, Pugliese” para atraer a la suerte.

Hace unos años, mi vieja mandó a imprimir una especie de estampitas del Maestro Pugliese para que sus seres queridos tengamos siempre en la billetera. Y ahí vamos con la foto de un tierno viejito que muchas personas creen que es un abuelo, o pariente de la familia. Algo parecido pasó con Alberto a partir de su aliento exitoso enviándome a rendir una materia que aprobé con 7, mi número preferido desde chica, porque era el número que usaba el mellizo Barros Schelotto en la camiseta.

Pero volvamos a Alberto.

Cuando en la noche del jueves el entonces presidente electo me mandó a estudiar y me dijo que “siempre hay que luchar”, se me inflaron las ganas, las lágrimas y la emoción. Hubo un clic, un disparador, algo que me hizo sentir capaz de poder hacerlo. Esa confianza que el primer mandatario estaba depositando en mí, comenzó a replicarse en cientos de otros estudiantes que pidieron el mismo apoyo y que se animaron a presentarse a rendir gracias a esas palabras. Es que todo cobra sentido si pensamos que eran las palabras del Jefe de Estado y, del propio Estado, ni más ni menos.

Luego de años de sentirnos empujados a irnos, de sentirnos un problema, una carga para el país; luego de años de sentir que le debíamos a todos los vecinos por estar pagándonos una universidad que -encima- el expresidente Mauricio Macri desprestigiaba constantemente, refiriéndose a ella como un pozo al que uno “cae” cuando no le queda otra… luego de tantas cenas con mis amigos en las que conversábamos preocupados sobre qué hacer: ¿nos vamos del país si gana Macri? ¿y a dónde vamos? ¿podíamos tramitar una ciudadanía? ¿y qué hacemos con nuestros viejos que rondan los sesenta y pico? ¿y con nuestros hermanos más chicos? Cuánta angustia en tantas cenas que cada día iban deteriorando más la calidad de la comida, o la gaseosa, o el vino, debido a los precios…

Pero entonces a “Alferdez” se le ocurrió responderme un tweet, y en mi cabeza vinieron todas esas cosas, como un dominó de escenas que viví durante estos cuatro años. Y, como si fuera poco, logró lo que nadie más había logrado: me senté a estudiar, resumir, leer sin parar, durante cuatro noches en las que temblé, respiré profundo, me enojé conmigo por perder tanto tiempo, lloré… y, principalmente, pensé en Sonia.

Ganarle a Clarín

Se me hace imposible escribir sobre Sonia sin suspirar desde adentro, mientras siento cómo se amontona un gran charco de tristeza en mi garganta. Intentaré no llorar.

Sonia era una trabajadora social oriunda de San Martín, Buenos Aires, ciudad gobernada por el ahora actual ministro de Obras Públicas, su querido Gabriel Katopodis. Nos hicimos amigas a través de Twitter, porque a las dos nos gustaba mucho el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, hoy derrocado tras un injusto y sangriento golpe de Estado. Entre elogios a García Linera y anécdotas diarias que nos contábamos a través de audios por WhatsApp, o llamados telefónicos, nunca faltaban los grillos de fondo y los chistes cordobeses que le arrancaban una carcajada lenta, triste, y necesaria. Ella luchaba contra el cáncer hace años. Ambas luchábamos contra el miedo que te paraliza en tantas situaciones de la vida, y con las injusticias sociales, económicas y políticas. Sonia no pudo ir a votar en las elecciones presidenciales del 27 de octubre por los tratamientos de salud que estaba transitando, y le mandó un mensaje a Alberto Fernández comentándole la situación. Alberto, cálido, le respondió con un video en el que se mostraba a disposición de ella. Y también sé, aunque quizás no debería decirlo, que le envió su teléfono personal por privado, como haría todo buen amigo, por cualquier cosa que pasara.

El viernes 29 de noviembre a la siesta, aturdida por los mensajes que me mandaban a estudiar y por todo el revuelo que había desatado mi intercambio con el presidente electo, decidí abrir Twitter para divertirme un rato. Pero, en cambio, me recibió la noticia de que Sonia había fallecido. Y, como si fuera poco, el hashtag: “Alberto Mufa” liderando el ranking de tendencias más habladas. Todo, desprendido de un malicioso titular de Clarín que aseguraba que había fallecido “la militante a la que Alberto había saludado”.

Trago saliva porque fue muy doloroso, porque mi amiga no se merecía esa utilización política, y porque la extraño. A la presión familiar y ciudadana de aprobar el examen se le sumaba un nuevo capítulo a esta historia: el deber de aprobar para hacer justicia por Sonia y que ningún diario ni usuario de Twitter pudiera decir que Alberto era mufa por enviar saludos y aliento. Sabía que el lunes iba a ser noticia tanto si aprobaba como si desaprobaba, porque algunos medios nacionales se habían contactado para decirme que seguirían de cerca mi historia. Sabía que tenía el apoyo de un montón de personas, ¡incluso de gente de otros países!, pero me iban a faltar las palabras de Sonia. Tal como ella me enseñó: al miedo hay que ponerle garra. Y eso hice.

No sé si le ganamos a Clarín, pero le dimos batalla.

Meritocracia o meritogracia

El martes 3 de diciembre pasé de largo tomando cerveza sola en mi casa, porque me gusta festejar en silencio y en soledad. Sí, estaba celebrando haber aprobado el examen y haberle avisado a Alberto Fernández y que me hubiese respondido, otra vez. Y, cuando me estaba por ir a dormir, se contactó el productor del programa “Habrá Consecuencias”, conducido por Ari Lijalad, invitándome a charlar un rato al aire para contar lo que había sucedido. Le dije que sí, obviamente, porque admiro ese programa y porque había tomado la suficiente cerveza como para juntar coraje. Lo que jamás imaginé (creo que esto es lo que más he dicho en toda esta historia) es que me iban a dar la sorpresa de conversar en vivo con el presidente electo. Cuando escuché la voz al otro lado del teléfono, se me paró el corazón y no supe bien qué decir. Alberto habló de que no hacía milagros y recalcó que todo había sido mérito mío. No pude con mi genio y tuve que contradecir al presidente: no había sido sólo mérito mío, sino también de mucha gente, porque así lo creo, todo mérito es colectivo.

Y esa sea, quizás, una de mis conclusiones más fuertes alrededor de esta breve película. ¿Cuánto se juega cuando un o una estudiante de la universidad pública aprueba un examen? una familia que te banca amorosa y económicamente, la capacidad de comprar libros, de llegar al ámbito universitario, de haber finalizado un secundario, de poder ir y volver a la Capital, o bancarse viviendo en ella. Quizás fue mérito, suerte, o una irresponsable cuota de esfuerzo a último momento la que me hizo aprobar ese examen. Pero estoy segura de que no hubiese aprobado si tanta gente no me hubiese alentado a presentarme. Y, si el representante máximo del Estado, no hubiese confiado en mí. Las redes sociales, entonces, y que te responda el presidente, quizás no sea una cuestión de meritocracia sino de mérito en la gracia, de decir en el momento justo, las palabras que hagan reír un poco.

“Mi amigo el Presidente”

Dice mi viejo, inteligentemente, que si desaprobaba, me iba a tener que pagar dos años de psicólogo. Yo creo que tiene razón. El problema no iba a ser el aplazo, ni el consecuente fracaso, sino la sensación de haberle fallado a tanta gente. Pero si profundizamos más en el concepto de “gente”, la pregunta sería: ¿a quién le iba a estar fallando específicamente? ¿a mis amigos? ¿a mis seguidores? ¿a Alberto? ¿a mí?

Las redes sociales nos ofrecen un abanico entretenido de posibilidades que nos hacen sentir a la par -horizontalmente- de los famosos, funcionarios, políticos, futbolistas, y demás celebridades.

Ahora bien, ¿cuánto dura esa horizontalidad? ¿cuánto duran esos 5 segundos de fama? tal vez sea imposible responder estos interrogantes ya que somos demasiado contemporáneos a un fenómeno que nos impacta en tantos niveles, que sólo luego de reaccionar tras el shock, podríamos comenzar a analizar.

80 mil likes, cientos de mensajes, titulares en todos los medios nacionales, entrevistas desde Chubut a Misiones, reuniones con amigos, familiares y charlas mirando a los ojos que dejé de tener por un par de semanas al estar permanentemente al teléfono. Nobleza obliga, no me quejo, fue demasiado entretenido sentir esa adrenalina. Pero, ¿a qué precio? me es inevitable reflexionar: ¿y si todo hubiese salido mal? ¿tanta exposición para qué?

En un sentido más comunicacional o periodístico -por decirlo de alguna manera- tal vez debería cuestionarme la cantidad de minutos dedicados a una noticia que, si bien me llenó el corazón, no sé cuánto aportó socialmente. Y a mí que me es inevitable pensar la comunicación social como otra cosa que no sea un servicio para la comunidad, llegué a sentirme cansada de mí, de mi cara en todos lados, de mi voz, de responder siempre las mismas palabras.

Pero, por otra parte, fueron la multiplicidad de cartelitos impresos en las facultades como Filosofía y Humanidades, Derecho, Sociales, de universidades cordobesas y también de Buenos Aires, (por citar un ejemplo), o los mensajes de estudiantes diciéndome que se animaron a rendir gracias a ese intercambio de tweets, o aquellos que hicieron estampitas de Alberto como “Santo patrono de les estudiantes”… Todo eso es lo que me hace sonreír y pensar que quizás valió la pena el chiste.

“Mi amigo el Presidente” es una frase que me gusta decir entre risas. Lo que me queda gracias a Alberto, es una de las anécdotas más adorables de mi vida, una taza que todavía no pude ir a buscar, un par de remeras con los tweets impresos, y mucha gente que me pide que le haga conocer a Dylan. En el fondo, aún deseo poder tomar el café que el “presi” me prometió.

¿Podremos hacer ese encuentro realidad?

Lo sabremos en el próximo capítulo.

De una cosa estoy segura: a las redes sociales, hay que utilizarlas con precaución.

Ten cuidado con lo que deseas, pareciera ser la conclusión.

Nota correspondiente a la edición n° 548 del periódico La Jornada, del 25 de diciembre de 2019.

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